Mi relación con la pintura al óleo comenzó mucho antes de que la considerara una vocación. De niña, aprendí a pintar con mi padre, un pintor al óleo que abordaba su trabajo con disciplina y respeto por los materiales. Aquellos primeros años en su estudio, viéndolo preparar lienzos, mezclar pigmentos y crear capas con paciencia, sentaron las bases de todo lo que hago ahora.
No me di cuenta entonces, pero estaba aprendiendo más que técnica. Estaba absorbiendo una filosofía: que la pintura es una práctica, no una performance. Que los materiales importan. Que el óleo sobre lino no es solo una superficie: es una relación entre textura, permanencia y tradición.
El estudio como aula
El estudio de mi padre era un lugar de rituales. Lienzos de lino estirados e imprimados a mano. Pigmentos molidos y mezclados con esmero. Pinceles limpiados meticulosamente después de cada sesión. Sin prisas ni atajos. Me enseñó que la pintura al óleo requiere tiempo: tiempo para que las capas se sequen, para que los colores se asienten, para que la composición se revele.
Aprendí a ver la pintura como un proceso lento y deliberado. No algo que se pueda forzar ni apresurar, sino algo con lo que hay que vivir. Un cuadro podía permanecer en el caballete durante semanas, incluso meses, mientras él consideraba el siguiente paso. Esa paciencia, esa disposición a esperar, no se convirtió en parte de mi propia práctica, porque prefiero la técnica alla prima, que me permite expresarme plenamente y en el momento.
Óleo sobre lino: una elección de material
Incluso ahora, trabajo casi exclusivamente con óleo sobre lino. No es nostalgia, es una elección consciente arraigada en esas primeras lecciones. El lino tiene una textura que retiene la pintura de forma diferente a la del algodón o las superficies sintéticas. Respira. Envejece con dignidad. La pintura al óleo sobre lino tiene una permanencia que se siente honesta, arraigada en siglos de tradición.
Cuando trabajo sobre un lienzo de lino, me conecto con ese linaje, no para replicarlo, sino para construir sobre él. Mi padre me enseñó a respetar el material, a comprender sus límites y posibilidades. Ese respeto sigue siendo fundamental en mi obra.
También me encanta trabajar sobre papel de archivo con acuarelas y gouache pero escribiré sobre ello en otro blog.
De la tradición a la exploración
Lo que mi padre me dio no fue un estilo a imitar, sobre todo porque somos pintores tan diferentes y a menudo no entendemos el trabajo del otro, sino una base sobre la que construir. Su obra era figurativa; la mía se ha inclinado hacia la abstracción. Él trabajaba dentro de formas establecidas; a mí me atraen el minimalismo y los espacios abiertos. Pero los principios fundamentales se mantienen: la integridad de los materiales, la paciencia en el proceso y la negativa a ceder ante las tendencias o el atractivo comercial.
Una práctica, no un producto
Mirando hacia atrás, veo cómo aquellos años de infancia moldearon no solo mi técnica, sino toda mi forma de ser artista. Mi padre no me enseñó a pintar para galerías ni para coleccionistas. Me enseñó a pintar porque la obra en sí misma importaba. Porque el óleo sobre lienzo, tratado con cuidado e intención, podía contener algo de verdad.
Para los coleccionistas y las instituciones que buscan un trabajo que valore la sustancia por sobre las tendencias, esa es la base que ofrezco: una práctica basada en la formación tradicional, la integridad del material y un compromiso con la exploración auténtica.